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A mediados de los 80, Alejandro Fernández descubrió una ladera abandonada a orillas del Duero que parecía reunir condiciones para convertirse en una de las mejores viñas de la región: una suave pendiente orientada al sur, que iba a morir al río; con suelos diversos -gravas, arcillas, yesos- que prometían los matices necesarios para crear vinos complejos y equilibrados a partir de uva Tempranillo.
Comenzó así un arduo periodo de tres años de negociaciones para adquirir las pequeñas parcelas individuales que conformaban la ladera. En 1989 se pudieron plantar las primeras 80 hectáreas.
A día de hoy, la finca -cuyo nombre hace referencia a la cercana población de Haza- cuenta con un manto continuo de cerca de 200 hectáreas de excelentes cepas de Tempranillo.
Aunque se produjeron pequeñas cantidades de vino del 93, fue la cosecha del 94 la primera que se comercializó a plena escala; ambas fueron elaboradas parcialmente en las instalaciones de Pesquera.
Sólo a partir de 1995 Condado de Haza empezó a ser el "Château"
que Alejandro Fernández había soñado: una finca completa,
autosuficiente, en la que todo el proceso -de la cepa a la botella- transcurre
de puertas adentro.